Delito sexual · Violencia
La entrevista forense en casos de violencia sexual contra niñas y niños
Consideraciones para la escucha, la evaluación y la intervención en contextos judiciales.
La presentación de una entrevista forense es el resultado de una recopilación de recomendaciones mínimas, sustentadas en aportes teóricos provenientes de diversas disciplinas. Su propósito básico es responder a las inquietudes más comunes surgidas de la práctica cotidiana con niños y niñas que entran en contacto con el aparato judicial por delitos sexuales. Por ello, este texto puede resultar de interés para juristas, abogados y profesionales que, desde la medicina, la psicología y el trabajo social, abordan estos casos en distintos ámbitos.
Ante la complejidad de las situaciones derivadas de las distorsiones y fallas ambientales en las que tiene lugar el delito sexual, resulta poco realista pretender simplificar las interacciones con sus distintos protagonistas. Es probable que modificar nuestra actitud y nuestra intervención, a partir de nuevos parámetros, requiera mayor esfuerzo y determinación, así como voluntad política de quienes tienen en sus manos la posibilidad de impulsar estos cambios.
Sabemos, por nuestra experiencia forense, que frente a víctimas y sindicados rara vez podemos planear nuestras acciones como si se tratara de seguir un libreto. La conexión que establecemos con ellos es de la misma naturaleza que cualquier otra relación interpersonal, lo que nos exige permanecer abiertos a lo inesperado. Por ello, es indispensable trabajar desde un criterio pluralista que otorgue elasticidad a la intervención. Al mismo tiempo, la inscripción en un marco teórico brinda significación a los diferentes conceptos y hace que la intervención sea coherente y confiable.
El objetivo último es lograr una intervención integral desde el ingreso al sistema judicial hasta la eventual derivación a los servicios de protección y salud. Todo ello debe realizarse dentro de parámetros que garanticen la atención adecuada y la preservación del testimonio, de acuerdo con los desarrollos producidos en los servicios de Psiquiatría y Psicología Forense del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, los cuales se han concretado en políticas institucionales.
Los niños y las niñas que llegan al sistema judicial pueden haber revelado por sí mismos los hechos; el abusador puede haber sido sorprendido en flagrancia; o, en un número menor de casos, los menores pueden haber sido llevados en medio de conflictos derivados de la separación de la pareja o a partir de sospechas de sus padres o cuidadores.
En los casos en que se ha producido una revelación, suele tratarse de niños mayores que ya poseen una capacidad verbal suficiente, han logrado guardar el secreto durante cierto tiempo y han movilizado diversas defensas psicológicas que finalmente resultaron insuficientes para mitigar el sufrimiento. Consciente o inconscientemente, han buscado una forma de aliviarse. En muchos casos, refieren varios intentos de revelación y han elaborado en su fantasía las posibles consecuencias de descubrir a su abusador. Algunas veces han buscado deliberadamente la oportunidad; en otras, esta se ha presentado de manera inesperada y ha sido aprovechada impulsivamente. He encontrado, por ejemplo, testimonios como los siguientes:
Cuando estaba en la preparación de la primera comunión pensé en ese pecado y no quería que eso siguiera pasando, pero no sabía cómo. Me daba miedo decírselo a mi mamá, así que se lo escribí. También me daba miedo entregarle la nota y la dejé en la Biblia. Al otro día miré y ella no la había tomado. Entonces saqué el borde del papel y dejé la Biblia en la cocina. Ella leyó, me preguntó y yo le conté todo.
Otra niña refiere: “Mi mamá estaba en la pieza y yo estaba lavando la loza. Él llegó, se bajó el pantalón y empezó a hacerme así, como siempre. La hebilla de la correa sonaba contra la alacena. Mi mamá oyó y preguntó: ‘¿Qué pasa ahí?’. Entonces yo dije rápido: ‘Es fulano, venga’. Ella vino y lo vio subiéndose los pantalones. Luego fuimos a la policía”.
En estos casos puede reconocerse, en la víctima, un intento de encontrar una solución que implique la reconquista de la realidad, la integración y la coherencia. Esta comprensión debe orientar el primer contacto. La intervención debe reafirmar la supervivencia de sus valores, el afecto de las personas significativas y sus logros. Al mismo tiempo, debe dejar claro que el paso dado constituye un cambio ligado a los impulsos de vida a los que deberá recurrir para continuar durante el proceso judicial. En algunos casos, los cambios en la dinámica familiar y el enfrentamiento con investigadores y juzgadores constituyen una noxa que puede desalentar la búsqueda de justicia y oponerse a la recuperación de la salud mental. En este punto se plantea el reto de intervenir desde los planos científico, jurídico y, por qué no, político, con el fin de equilibrar las desventajas en las que se encuentra el menor víctima.
La descripción anterior corresponde a la revelación de una situación traumática. Denomino así al proceso comprendido entre el primer contacto abusivo y el momento de la revelación o del descubrimiento del abuso por parte de terceros.
El impacto familiar de la situación produce modificaciones de gran envergadura y exige una respuesta urgente de los adultos capaces de respaldar al niño o la niña victimizados. En esta etapa es fundamental recolectar información, pues la experiencia queda inscrita con gran intensidad y contiene elementos de interés tanto para la justicia como para la clínica. También son evidentes los efectos socioeconómicos y la necesidad de reorganizar los entornos académico, recreativo y familiar, además de incorporar la actividad terapéutica.
No todos los casos presentan esta estructura. Es muy frecuente que se produzca la desmentida de los hechos. La desmentida constituye un mecanismo de defensa mediante el cual el grupo familiar —o incluso un entorno social más amplio— mantiene una escisión que le permite reconocer parcialmente ciertos hechos mientras niega o invalida su significado y sus consecuencias.
Este mecanismo permite reconocer una parte de la realidad, pero impide admitir la coexistencia de dos situaciones o posiciones contradictorias. Una parte del psiquismo sabe que el abuso ha ocurrido, o que existen señales de este, mientras otra actúa como si tal realidad no existiera o careciera de relevancia. Esta escisión preserva el equilibrio familiar a costa de la verdad psíquica y del sufrimiento de la víctima.
La práctica sexual de un adulto con un niño o una niña es perversa. En ella se produce una pérdida del sentido de las palabras y de la dimensión simbólica, como consecuencia de la ruptura de las ligaduras psíquicas. Se instala una prohibición de decir que es, al mismo tiempo, una prohibición de saber. El agresor rompe la posibilidad de que el niño conecte emociones, pensamientos y palabras; de este modo, queda dañado el vínculo entre la experiencia y su significado.
K es una niña de doce años. Su rendimiento escolar ha decaído durante el presente año. Es hija única y vive con sus padres. Afirma haber sido agredida la noche anterior por un adulto vecino del barrio, de quien se dice que también habría agredido a otras niñas.
Durante la entrevista, la niña me dijo:
Hace unos meses, no sé bien cuánto, pero fue este año —estamos en agosto—, él me acarició y se excitó. Le contó a todos lo que me hizo; eso me dolió mucho. Le dije a una amiga que ojalá yo pudiera causarle el dolor que él me causó. Él me decía que yo le gustaba, pero que no le atraía.
La niña experimenta una pérdida radical de intimidad y control. En este caso, el abuso deja de ser únicamente una invasión corporal y se convierte también en una exposición pública humillante. Al relatar lo ocurrido, intenta resolver mediante la lógica la contradicción contenida en las palabras del adulto —que le gustaba, pero no le atraía—. Construye entonces la teoría de que a él le gusta solamente su cuerpo. Con ello intenta transformar una experiencia emocional caótica —«mi cuerpo vale, pero yo no»— en una explicación que reduzca momentáneamente la incertidumbre y la confusión, aunque sea a costa de su propia autoestima.
Esta experiencia puede entenderse como una desorganización de los enlaces entre percepción, afecto, memoria y representación. La vivencia queda escindida o encapsulada, lo que dificulta su integración en una narrativa coherente.
La experiencia no es perversa solamente porque la niña sea convertida en un objeto inadecuado de una práctica desviada, sino porque el otro es utilizado para evacuar estados internos intolerables. La niña deja de ser reconocida como un sujeto con mente e identidad propias. Se ataca su capacidad de pensar y la posibilidad de construir una verdad compartida. En su mente queda inscrita una ruptura de la experiencia emocional: «mi cuerpo provoca cosas», «mi persona no merece ser querida» y «mi valor depende de lo que otros hagan con mi cuerpo».
Por lo anterior, uno de los objetivos terapéuticos consiste en ayudarla a reconstruir un significado diferente: la contradicción proviene del funcionamiento del agresor y no de una supuesta división defectuosa en ella. El problema no es su cuerpo ni su rostro; el problema es que el agresor la utilizó y manipuló, distorsionando su capacidad para comprender lo ocurrido.